La realidad demuestra que la demagogia, la hipocresía y la ignorancia no son patrimonio de ningún grupo concreto.

viernes, 2 de julio de 2010

El ascensor

Avanzo rápido, mis obligaciones me esperan. Él también me aguarda. Desde dentro sujeta la puerta del ascensor, esperando mi llegada. Entro. Un escueto hola y gracias. Similar respuesta y de nada. La puerta se cierra y busco un hueco en el fondo. Dos pasos. Destino para ambos: planta 0. Origen: planta 3. Extiendo el brazo derecho y pulso el botón. El habitáculo es de unos dos metros cuadrados; imposible respetar espacio vital. Nos separa medio metro de aire, de soledad acompañada. Cara a cara con un desconocido, vidas paralelas, extrañas. Me apoyo del lado izquierdo junto al espejo y quedo frente a él que hace lo mismo. No se quita sus gafas de sol oscuras, ocultando sus ojos, la dirección de su mirada. Yo sí. Ahora las gafas adornan mi cráneo. Nuestras cabezas se inclinan hacia abajo, miran al suelo, a la nada. Intento aparentar relajación pero estoy tenso. El silencio comienza a ser incómodo, pero aún así lo mantenemos. No creo que se inicie ninguna conversación estúpida, insustancial. Bien. Suspiro. Escucho mezclarse el sonido chirriante de las cadenas con mi suave bufido. El desconocido se toca el bolsillo derecho de su pantalón. Suena un leve tintineo; buscaba sus llaves. Por imitación hago lo mismo. Al tacto deduzco que mis llaves no están. Mi móvil sí. Busco en el izquierdo. Las encuentro. Él saca su móvil y pulsa un botón, iluminándose la pantalla. Ninguna novedad. Lo vuelve a guardar. Ambos ejecutamos un ritual rutinario. Por fin llegamos a nuestro destino. El ascensor rebota, se ajusta, se para. Los segundos pesan, se eternizan más que nunca, como si el tiempo se hubiera detenido. Las puertas interiores se abren, vislumbrándose la principal que permanece cerrada. Al otro lado, el viejo mundo y la nueva vida. Un destello de luz externa se proyecta hacia el estrecho habitáculo a través de una pequeña ventana. Nos une la prisa por salir, por escapar de esa barrera invisible de desconexión humana. Espero impaciente a que él se adelante. Lo hace. Empuja firme la puerta con su mano izquierda, saliendo al exterior. Una vez fuera, la sujeta esperado a que yo la alcance. Lo hago. De inmediato se marcha, despidiéndose con una hasta luego. Lo propio por mi parte; adiós vida anónima. Me siento aliviado. Una reconfortante calidez me envuelve; es mi malversada soledad recomponiéndose, retornando a mí. Soy un prisionero que ha recuperado repentinamente su libertad.
El ascensor y su interior, ese lugar en el que nunca un ser humano podrá sentirse tan solo estando tan cerca de alguien.

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